Por : Gilberto LAVENANT
Tijuana BC 15 de abril de 2016 (GT).- No es el título el que hace a una persona. Ni siquiera el estudio o la experiencia. Hay factores mucho más importantes y trascendentes que eso, y eso son las aptitudes.
Las facultades naturales de alguien para realizar alguna actividad. Es parte de la naturaleza misma del ser humano.
Los centros de estudio, lo que hacen es fortalecer esas condiciones naturales. Pulirlas, darle las herramientas técnicas del conocimiento, que le permitan aprovecharlas en forma óptima y logren resultados extraordinarios.
Por ejemplo, quien no tenga sentido musical, podrá tocar instrumentos, y quizás lo haga más o menos bien, pero no lo hará en forma extraordinaria. Por el contrario. Quizás lo haga con enfado.
Una de las actividades, que más que técnicas, requiere de aptitudes, es la docencia. Aquel que imparta educación, en cualquiera de los niveles, debe entender y valorar la importancia y el privilegio de formar seres humanos.
Lamentablemente, muchos llegan a este campo de trabajo, por chambistas, por lograr un empleo de base y un ingreso que les permita subsistir, pero no entinden el alcance de la función que desempeñan. Por eso, lo hacen de mala gana.
Lo delicado, de que alguien dedicado a la docencia, lo haga, careciendo de aptitudes para ello, es que el resultado de su conducta, será contrario a los objetivos de la misma. En lugar de formar, deforman. En lugar de ayudar a crecer, lesionan o afectan su desarrollo.
En días pasados trascendió, que una “maestra”, de una escuela del sistema educativo municipal, de Tijuana, desarrollaba una dinámica, mediante la cual obligaba a sus alumnos de 10 a 11 años, a realizar actividades denigrantes como el lamer el suelo.
Los hechos ocurrieron en marzo de 2015 y obligó a intervenir a la Comisión Estatal de Derechos Humanos, dada la gravedad del caso.
Tratando de justificar lo ocurrido, dicha persona mostró el programa de estudio, específicamente el área de Formación Cívica y Etica, enel que supuestamente pretendía enseñarles el significado de la reciprocidad.
La “maestra”, de acuerdo a la crónica periodística, pidió a sus alumnos de quinto grado, que anotaran en una hoja, lo que quisieran que hiciera un compañero que no les caía bien.
Luego les pidió que pasaran al frente e hicieran lo que pretendían que realizara uno de sus compañeros. Así fue como a dos de ellos los puso a lamer el piso.
A una de las alumnas, la regañó, porque en lugar de anotar lo que quisiera que hiciera alguno de sus compañeros, indicó lo que no le gustaría que le hicieran a ella, por lo que la “maestra” pidió a los demás estudiantes, que manifestaran lo que les disgustaba de ella. Los compañeros aprovecharon la ocasión, para decirle que estaba fea, gorda y que no servía para la escuela. Entre otras cosas.
Total, en unos minutos, la encargada de la formación de esos jovencitos, los pisoteó, los humilló, los denigró. Hizo todo lo contrario al objetivo de su tarea diaria.
La CEDH ya emitió una recomendación al respecto a la Secretaría de Educación Pública Municipal y falta ver si es que la institución aplicará alguna sanción.
Lo delicado del asunto es que casos como este, sin duda alguna, ocurren en todos los niveles educativos. Desde preescolar hasta universidad.
Muchos de los docentes, por falta de aptitudes para desarrollar el servicio educativo, constantemente vejan o humillan a sus alumnos. Y nadie dice nada, bajo la amenaza de que en caso de queja, les bajarán calificaciones o los reprobarán.
La mayoría de ellos son individuos chambistas, oportunistas, que llegaron al campo de la educación, sin estar totalmente conscientes de lo que ello implica. Sin tener aptitudes para ello. Imparten clases, de mala gana, como quien patea el bote.
Los incidentes se presentan incluso a nivel universitario. En la Universidad Autónoma de Baja California, se creó un Tribunal Universitario, supuestamente para atender a los jóvenes que sena afectados por malos tratos o decisiones injustas de sus maestros. Pero es solamente para “tapar el ojo al macho”. Los docentes siguen cometiendo injusticias y vejaciones, bajo el amparo de la “libertad de cátedra”.
