La pasión política

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Por Francisco Ruiz

Tijuana, B. C., 6 de abril de 2018 (GT).- Ya lo dice el viejo y conocido refrán “No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue”; así, la semana anterior, comenzaron las campañas con miras a ocupar la Presidencia de la República, las 128 curules del Senado y los 500 diputaciones federales; amén de las contiendas locales.

Al igual que en los acalorados partidos de fútbol soccer, los mexicanos solemos reaccionar viceralmente ante los procesos político-electorales. Ya que, a través de los mismos, las personas reviven viejas glorias o respiran por heridas abiertas; otras tantas, sencillamente secundan el ritmo de la batucada. La minoría analiza los perfiles, propuestas y promueve el sufragio; la mayoría, ni siquiera vota.

Como en los encuentros deportivos, el objetivo esencial de la mercadotecnia electoral es comercializar aquel producto o servicio que entretiene y satisface la emoción; ese éxtasis que implora ser saciado con una riada de pasiones.

Las elecciones también se asemejan a las justas futbolísticas porque, más allá del sentido de competencia, su punto de encuentro es el araigado hábito que tienen los espectadores de responsabilizar a un tercero para competir por la victoria deseada o la derrota repudiada; por ejemplo, si la Selección Nacional gana, triunfamos todos, pero si pierde, el fracaso queda huérfano.

Algo muy parecido ocurre en la política, los ciudadanos anhelamos ser rescatados, protegidos y entronizados por un “mesías redentor”. Algo que, además de ser una actitud egoísta, nos resulta cómoda, por no decir habilidosa. Aspiramos a que un servidor público, además de rendir protesta al cargo que desempeñará, asuma la responsabilidad que nos corresponde como ciudadanos. Bien pareciera que más que elegir un funcionario, ansiamos ungir al salvador omnipotente.

Este problema recrudece cuando se presta atención a la voz de un personaje con una visión miope, con intenciones de distanciarnos del extranjero, alguien anclado al pasado, a quien la tolerancia le resulta ajena, es partidario de la incongruencia, vive sumergido en un complejo mesiánico y es reacio a aceptar sus múltiples limitaciones. Un perfil que tiene por mérito la necedad de su oposición a todo.

Retomando la comparativa, es muy frecuente dedicarle al árbitro el puntilloso grito de “¡vendido!”. Por lo que sería interesante que los aficionados/votantes participáramos como voluntarios del INE para así garantizar la legitimidad, equidad y certeza que tanto demandamos, en lugar de dedicarse a lanzar rechiflas.

Otra de nuestras tareas pendientes es saber si quienes se dicen fanáticod permanecerán dispuestos y leales a sus equipos ante la derrota o resultarán villamelones, carroñeros y oportunistas que cambian de camiseta cuando les conviene.

Consideremos una realidad innegable: el delantero no siempre anota. Además, es más atractivo celebrar un gol que se juega desde la media cancha. Ya veremos hasta donde avanza el tri, después del próximo 22 de abril.

Post Scriptum.- “”A la hora de votar todas son promesas pero a la hora de cumplir todas son excusas y no hay derecho”: Mario Moreno, Cantinflas (El Portero, 1949).